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LA TRASCENDENCIA DEL CONTENIDO
La producción pictórica de Vladimir Ramos es una de las innumerables pruebas del fracaso de pensamiento absoluto de Clement Greenberg. Este crítico norteamericano, con audaz inteligencia, impulso e impuso una vuelta a la postura kantiana frente al arte (“el arte por el arte”), posición que se creía superada y eliminada por las vanguardias. En una época signada por una efervescencia social y política- no hace falta recordar eventos como la lucha de los derechos civiles de la gente de color, el estallido de la guerra de Corea, la muerte de Martin Luther King, o la “caza de brujas” propugnada por Mc Carthy- Greenberg pretendió despojar al arte de su misión transformadora del hombre, acallando cualquier significado que la obra pudiera revelar, intentando que su influencia se circunscribiera a un mero juego formal de elementos y colores.
Aquí el artista retoma la tradición de las mejores etapas en que el arte ha jugado un papel clave de denuncia y disconformidad. Rechazando una actitud pasiva, sus series aluden, casi sin excepción y de manera diversa, a la disolución del individuo en tanto ser humano y ciudadano de un mundo globalizado que avasalla sus derechos naturales.
Desde el aspecto estrictamente formal, la producción podría llegar a pensarse en dos aspectos claramente diferenciados: el uso del color, del soporte y de los materiales.
Obras como Homo Power I y II, Dame todo el power I y II o Ausencia de poder, se caracterizan por el uso de trazos monocromáticos (solo blanco, negro y una gama indefinida de grises) utilizando el carbón, la témpera o la tinta, sobre papel. La fragilidad intrínseca de estos elementos no hace más que acentuar la sensación de despojo y expoliación que recorre esta serie. De ella, cabe destacar por su intenso dramatismo Recuperando la memoria cuya superficie rasgada recuerda a una herida abierta y retoma en parte el leit motiv de los accionistas vieneses[1] en la década del ’60
En contraposición formal, obras como Discurso de la rueda I o La madre del cordero I, II y III son definitivamente explosiones de color, resaltadas por el uso del óleo sobre la tela. Sin embargo, una mirada atenta no se quedara en la complacencia que proporciona su superficie lustrosa: desde la tela se repiten como motivo una silla de ruedas- símbolo de “invalidez mental” en palabras del artista- y un ser antropomorfo que nos observa de manera inquietante– personificación del poder. Quizás es la contradicción de la visión festiva de un colorido exuberante y la sensación sobrecogedora de los elementos que se presentan en un paisaje algo desolado, lo que nos impulsa a reflexionar sobre la naturaleza de nuestros pueblos.
[1] Los accionistas vieneses eran solo tres integrantes, pero hicieron tal revuelo que aun hoy se los recuerda como un movimiento con arrastre propio...eran artistas que utilizaban su propio cuerpo como soporte (con afán de denuncia, por supuesto) y ello incluía en algunas ocasiones laceraciones y heridas sobre sus propios cuerpos...su accionar escandalizo hasta a los vanguardistas y la disolución se debió al exilio de sus impulsadores...de hecho, mas de uno termino con severos problemas mentales...no hay obra, por supuesto, solo registro fotográfico porque también estaban en contra de la obra como objeto museable.
________EL TITULO Y LA CONTRADICCIÓN COMO DISPARADOR ______
Para el artista, el titulo ha sido, en la mayoría de las ocasiones y a lo largo del tiempo, un componente esencial en la obra casi tanto como el soporte o la técnica. Ya sea para
reforzar o complementar la intención o la idea subyacente, lo cierto que esta practica es compartida también por el espectador: en el recorrido de una muestra convencional, la lectura del objeto
artístico la completamos cuando nos inclinamos a leer su titulo, de manera casi inconsciente. Es un comportamiento adquirido y tácitamente aceptado, avalado por la tradición. Basta recordar, por
ejemplo, los in tituli de los mosaicos bizantinos o las vanitas barrocas, eficientes instrumentos para identificar personajes o destacar el espíritu de los objetos. Somos lenguaje e imagen,
aprehendemos los objetos en la medida que somos capaces de nombrarlos, hacerlo implica incluirlos en nuestro universo cognitivo y mensurar nuestro entorno. Lenguaje e imagen, significado y
significante, para los semiólogos. Una herramienta a veces indispensable para acercarse a la obra contemporánea, cada vez más autorreferencial y hermética, sobre todo para el observador común.
¿Pero que ocurre cuando el titulo no se corresponde con la representación? ¿Se desecha deliberadamente una herramienta de acercamiento?
La actual y creciente dicotomía que se presenta entre significado y significante en el arte, corre casi paralelamente al abandono de la figura mimética adoptada, desde las vanguardias, como modelo
hegemónico de representación.
En este contexto cobra relevancia una de las obras más revulsivas de Vladimir Ramos: la serie La Madre del Cordero. Tomando una figura de nuestra tradición occidental y cristiana, plena de
significado religioso y, sobre todo, humano, la utiliza para individualizar una serie de oleos sobre tela vibrantes de color. Una primera impresión podría llevarnos a la falsa convicción que se trata
de un homenaje a la vida o un canto a la procreación, como si se tratara de la veneración a la Pachamama. Pero la profusión de colores chillones y la reiterada ausencia formas humanas nos empuja a
ver algo tan instintivo como el amor: el dolor. Un dolor primitivo, que nos acompaña desde el mismo estadio intrauterino, presagiando lo que la existencia nos deparara, debido solo a nuestra
naturaleza humana. Inteligentemente, la contradicción entre titulo y representación nos impulsa a hurgar en la obra, ejercicio espiritual que complacería a cualquier creador. Hábilmente, el artista
nos lleva por los caminos de sus creencias y convicciones revelándonos lo más profundo de su preocupación: el ejercicio desmedido del poder en contra de otro ser humano y las nefastas consecuencias
que enemistan a los hombres entre si. Sin duda, una interesante manera de propiciar una pausa introspectiva, en medio del ajetreo cotidiano.
Laura Avendaño Pérez
Operadora Cultural
en Artes Plásticas
Buenos Aires, Argentina
